14 de noviembre de 2012

¿Assange, el rebelde web?



Julian Assange, a nivel internacional, ha sido rebautizado por las diferentes ideologías que priman en el mundo; los partidarios de Estados Unidos creen que es un cleptómano de la información; mientras que los antiimperialistas lo honran por ser el albor de la libertad de expresión y la transparencia informativa.

Antes, la discusión se enmarcó en los efectos políticos -negativos y positivos- que traería sobre el Ecuador. Ahora, el acontecimiento es tan conocido, que atravesó las brechas generacionales y los abuelitos aconsejan a los nietos: “mijito, cuidado con andar de chismoso, verás que ahora o terminas de arrimado o te vas preso” o “hay que usar el internet con responsabilidad y no andar de hacker por la vida”.

El asilo a Assange es un hecho turbulento a nivel mundial, pues sus “habilidades informáticas” develaron el espionaje de Estados Unidos a los demás países, demostrando que el Imperio ya no es intocable, puede ser vulnerado y expuesto ante la opinión pública mundial. 

Sin embargo, lo que empieza a preguntarse el género humano es ¿cuánto tiempo deberá permanecer en la embajada ecuatoriana? ¿cuándo va a poder salir? ¡Todos saben que no podrá vivir ahí para siempre¡ Su situación no resuena como un cuento de hadas, ya que está muy lejos de ser “un final feliz”. Sea como sea, “el rebelde web” tendrá que salir de su refugio y enfrentar cualquier de los dos escenarios presentes: pagar por su “habilidad informática” en el patio del Tío Sam o disfrutar de su libertad en “Banana Republic”.

“Y ahora, ¿quién podrá defenderme?”



La Constitución de 2008 presenta el ideal de construir una sociedad que respete, en todas sus dimensiones, la dignidad de las personas y las colectividades. Ideal que se conseguirá a través de la convivencia ciudadana, el ejercicio de nuestra soberanía y el cumplimiento de la ley. Este escenario circunscribe al Ecuador como un Estado constitucional de derechos y justicia, donde su deber es el garantizar, sin discriminación alguna, los derechos establecidos en la constitución y en los instrumentos internacionales.

La carta magna –en su forma- denota la existencia de garantías, el constante cumplimiento de la ley y la importancia de proteger a la ciudadanía, sin embargo, la realidad que se evidencia es totalmente dispareja. Nuestro país, desde la época colonial, se ha caracterizado por practicar conductas “originales”, donde el irrespeto de las leyes es pan de cada día. Osvaldo Hurtado en su libro Las costumbres de los ecuatorianos, hace alusión a esta realidad diciendo que la ley es vista como una entelequia ajena a la vida de las personas o como un estorbo molestoso. 

No se puede negar que la Función Judicial es una de las máximas representaciones de poder que tiene el estado. El poder que poseen los jueces es enorme, ya que tienen la capacidad de revocar cualquier acto público o privado; pueden disponer de la libertad penal de cualquier persona e, incluso, pueden lograr que la misma ley se invalide. Por lo tanto, siempre se ha concebido a la Justicia como una dádiva que concede la capacidad de controlar y manipular las situaciones para que el resultado siempre nos sea favorable. 

Las esferas de poder anhelan controlar la justicia y, generalmente, lo han conseguido. En el transcurrir del tiempo se la ha pasado de mano en mano, se la ha heredado y monopolizado… Ahora, en el Ecuador, su conquista llegó con la acción del presidente. En un principio, la justicia es el resguardo que tiene el ciudadano, sirve de escudo entre el poder estatal y los derechos de las personas. Sin embargo, hoy por hoy, se ha convertido en un arma de poder político: utilizada para favorecer al Ejecutivo.

En este punto, la tesis de Canetti acerca del poder se ratifica, puesto que muchas de las prohibiciones y autorizaciones impuestas en la ley refuerzan la potestad que se ejerce sobre aquellos que deben ser sancionados, perdonados o premiados. Es así, que un solo individuo controla las decisiones en las cortes y su dominio sobre estas está formalmente institucionalizado, él ha designado a los vocales del Consejo de la Judicatura, quienes tienen la potestad legal para nombrar y destituir a todos los jueces del Ecuador. Esto nos lleva a creer que la administración de la justicia que debería ser independiente, imparcial y responsable ha claudicado a los intereses de un solo hombre. 

Este panorama no permite vislumbrar, por ninguna arista, la “soberanía” que la administración judicial debería tener. Esta situación se cimenta en el boletín jurídico El Leviatán Judicial, redactado por el jurista Jorge Zavala Egas, donde él expone fundamentos teóricos que ratifican el control que se ejerce sobre la justicia. Zavala Egas usa como ejemplo la siguiente resolución judicial: “la prohibición de acciones de protección contra el Ejecutivo”, esta se basa en la potestad que tiene una persona de pedir reparo sobre un derecho que le ha sido violentado. Al derogar esta resolución, se está concediendo al Estado la facultad de vulnerar los derechos constitucionales de los individuos, pues no hay acción legal que permita instituir una sanción en un tribunal. 

Una muestra clave de la manipulación del derecho penal es que el gobierno sentenció las protestas sociales. Este hecho se evidenció cuando diversas organizaciones sociales y políticas comandaron la Marcha por la Vida, el Agua y la Dignidad de los Pueblos. Aquí, numerosos dirigentes sociales, especialmente indígenas, fueron detenidos por la policía sin ningún fundamento, finalizando con la absolución de los jueces al no encontrar ninguna prueba que demuestre su culpabilidad. Según el informe emitido por Amnistía Internacional el fin que se persiguió el Ejecutivo fue neutralizar las protestas sociales, pues incomodan al gobierno.

Con esto se consuma la tesis Canettiana, pues el poderoso nunca perdona, nunca olvida. Anhela someter todo lo que se le opone, odia el enfrentamiento y la censura. Sin embargo, entre las prácticas del todopoderoso existe algo que le permite aparentar su magnanimidad, la magia del indulto. Este don divino le otorga gracia; ya que, como manifiesta Canetti, indultar es el símil de la vida nueva; vida que es dada por poderoso al perdonar, vida que al ser concedida lo dignifica y lo regocija. 

No hay duda que “nuestro hombre omnipotente” saca partido de todo lo que hace. Por más acusaciones y sentencias que promulgue siempre les encuentra solución, a dónde sea que vaya se ostenta de ser un individuo magnánimo que derrocha perdón. Su figura intenta ejemplificar a un padre que reprende pero a la vez perdona. Un padre que solo desea hacer de sus hijos futuros seres de bien: obedientes y no revoltosos. Según él no hay de qué preocuparse, siempre sufriremos un pequeño jalón de orejas pero, a la final, siempre nos perdonará. Sin embargo, me queda la duda de saber, y ¿sí en algún momento no me quiere perdonar?... ¿Quién podrá defenderme?

13 de octubre de 2012

La matanza de Tlatelolco, como hito de la contracultura mexicana

La década de 1960 se caracterizó por una latente inconformidad materializada alrededor de los movimientos sociales. La sociedad civil, especialmente los estudiantes universitarios, reaccionaron ante diversos elementos sociales considerados aberrantes, por ejemplo, la guerra, el racismo, la inequidad social y la opresión de las masas. Estos movimientos se caracterizaron por convocar grandes marchas pacíficas, pues creían que así se conseguiría un cambio en la sociedad. 

Al analizar este proceso social en retrospectiva, se puede precisar que el inicio de estos movimientos se sucedió en 1967 en Berkeley, pues aquí un grupo de estudiantes –en su mayoría de clase media- inició un revuelta contra la discriminación de las minorías, en particular de los negros; el reclutamiento para la Marina, y contra los efectos de la guerra de Vietnam sobre los vietnamitas y sobre la juventud norteamericana.

Desde este instante, estos movimientos fueron conocidos como contracultura, ya que fueron grupos que marcaron la desobediencia social y que tenían como precepto el rechazo a la política y la cultura propia de su país. Frente a esto, el autor Fernández Buey enuncia que la contracultura se centró en la crítica radical de la ciencia y lo tecno-científico, pues se buscó vivir mediante el comunitarismo. También hubo una fuerte atracción por el misticismo y por las religiones orientales; finalmente, se desplazó a la razón pues lo fundamental eran los sentimientos y la imaginación.

Latinoamérica también se caracterizó por ser la cuna de grandes movimientos contraculturales como el Neofeminismo, la Unidad Popular en Chile y los No Peronistas en Argentina, todos ellos inmersos en la dinámica de la lucha por conseguir la igualdad social, y el discurso de oposición contra la represión de los gobiernos. Entre todos estos movimientos cabe destacar a los generados por la juventud mexicana y, a su vez, uno en especial que tuvo un final fatídico que le concedió un lugar en la historia.

En aquella época, la juventud mexicana fue etiquetada como “rebelde sin causa”; es por esto que tuvieron que buscar maneras de demostrar su descontento social, es así que lo que rompía con la ley y los valores sociales se convirtió en el blanco de ataque. La contracultura fue evidente -con la misma fuerza- en otros ámbitos, por ejemplo, la música y el consumo de drogas. 

En el ámbito musical, el Rock fue el género que dominó los preceptos de la contra cultura en todo el mundo. En México, se adoptó este estilo sumándole la tendencia hippie de promulgar “amor y paz”; con esto se formaron los grupos conocidos como Jipitecas. Al mismo tiempo, un cantautor conocido como Chucho González impone la canción “Yo no soy rebelde”, la cual se convirtió en el himno de la juventud mexicana.  
A partir de esto, el movimiento rockero creó el festival “Rock y Ruedas de Avándaro” emulando al “Woodstock” en Estados Unidos. El evento convocó alrededor de 300 mil personas e incluía la presentación masiva de bandas de rock mexicano y una carrera de autos. No obstante, como fue de esperarse, las autoridades reprimieron este evento, pues suponían que esto causaría alboroto en la localidad; además, se sumaron los medios de comunicación, pues en su discurso enunciaron que este evento era un acto degenerativo hacia la sociedad mexicana, misma que estaba en crecimiento y no toleraría que los hippies y el uso de drogas provocaran un declive en este avance. 

En este punto, la represión hacia la juventud cada vez fue más violenta. Tanto así que el 2 de octubre de 1968, a pocos días de los Juegos Olímpicos, se produjo la matanza de Tlatelolco, donde el Gobierno de Gustavo Díaz Ordaz liquidó a sangre fría alrededor de 500 jóvenes universitarios mexicanos que marchaban por reclamar sus derechos como estudiantes. El motivo de esta marcha fue que semanas antes el presidente ordenó al ejército ocupar el campus de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). El ejército detuvo y golpeó indiscriminadamente a muchos estudiantes.

La explicación oficial se centró en culpar a los manifestantes, pues se dijo que los mismos estudiantes iniciaron el tiroteo, por eso el ejército respondió en defensa propia. Este acontecimiento fue difundido por los medios en todo el mundo diciendo que la masacre se produjo por un enfrentamiento entre los estudiantes y el gobierno, una manera de encubrir las órdenes oficiales.

Este hecho propició que la juventud mexicana fuera vista como una maraña de delincuentes y en consecuencia, las bandas de rock y los jóvenes tuvieron que desligarse aún más de la sociedad y convertirse en entes invisibles, pues el miedo a la represión violenta se acrecentó. Era tal su necesidad de expresarse que crearon espacios para refugiarse (aquí se suscita el inicio de la época Underground) conocidos como Hoyos Funkies, donde se promovía la cultura, el descontento y la anarquía contra una sociedad que debía agitarse para cambiar.

La matanza Tlatelolco fue una de las pruebas más fehacientes de lo que propició el movimiento contracultural mexicano, la represión violenta de los gobiernos en contra de la rebelión pacífica como manera de conseguir cambios y equidad social. En definitiva, este acto de violencia no tuvo sustento alguno. Puede decirse que el miedo de un gobernante al ver que el “pueblo” puede luchar contra él y terminar con su mandato lo obliga a actuar inconscientemente. Además, es rescatable y aplicable a nuestra época la elección de la juventud mexicana, ya que ellos –con sus propios medios- buscaron la manera de presentar su descontento al convertirse en actores de este proceso militante de reorganización social; en cambio, ahora los jóvenes somos conformistas, pasivos… no somos capaces de demostrar nuestro descontento y actuar para conseguir un cambio.

10 de octubre de 2012

En un reino bien cercano…



En un reino bien cercano, existía un gobernante muy letrado, buen mozo y molestón. Cierto día, se levantó y decidió investigar cómo se encontraba el flujo de oro de las arcas de los caballeros, “fieles” guardianes y protectores de la ciudad. Dicha pesquisa demostró que existía un excedente de oro y diamantes. Por lo tanto, el gobernante decidió embestir estas riquezas para repartirlas entre sus partidarios y sus buenas obras de vialidad. Como era de esperarse, esta acción enfureció a los caballeros, quienes a escondidas planearon una estrategia para enfrentarse al soberano y recuperar el oro que les fue arrebatado.

En ese preciso momento este pequeño reino, cobijado entre montañas y protegido por su cielo azul, se trasformó en territorio hostil. El rumor, el miedo, la violencia, los atracos y la muerte rondaban las calles por donde transitó –con calma- el soberano. El pánico se propagó pues se decía que los “fieles” caballeros no protegerían más al reino. La gente se resguardó y los ladronzuelos hicieron de las suyas. El caos se apoderó hasta del aire y desplazó a la ya olvidada tranquilidad de ese día.

El gobernante, valiéndose de su gran inteligencia, pensó en una estrategia de combate que respondiera eficazmente a la insurrección de los guardianes; finalmente, supo que su verborrea le concedería la victoria. Salió de palacio y cabalgó hasta la base de los caballeros. Al llegar, no pudo utilizar palabra alguna pues los caballeros, tan talentosos en el ejercicio bélico, lo capturaron. No obstante, el resguardo personal del soberano entró en escena, lo rescataron y llevaron a un “lugar seguro”, espacio que fue rodeado por los insurrectos, atrapando al gobernante.

Al ver este escenario, los paladines fueron al rescate y batallaron contra los caballeros. Ambos bandos sufrieron bajas pero no se liberó al gobernante, que medio moribundo, aclamaba justicia y libertad. Esto motivó al pueblo, simpatizantes y opositores, a salir a las calles para demandar que se liberara o exterminará (de una vez) al soberano. Este episodio llegó a ser tan escabroso que mensajeros de otros reinos venían a enterarse de lo sucedido. Finalmente, los paladines lograron su cometido y, en breves momentos, el gobernante llegó a su palacio y tan buen mozo como siempre finiquitó este asunto librándose de culpa y sentenciando a los caballeros a castigos y deshonras frente al pueblo.

1 de octubre de 2012

Los Cuatro Mosqueteros, denuncia y arte



A partir del siglo XX, en todo el mundo se planteó una nueva forma de hacer arte, la cual respondía a la concepción de revolución, es decir, una oposición de ideas que buscaron irrumpir en lo establecido. La finalidad de esta insubordinación ideológica fue encontrar una voz propia que sirva como forma de expresión contra los dogmatismos que regían a la sociedad de aquella época.

A partir de los años 60, en Ecuador se produce un cambio cultural importante que se manifestó en los movimientos de vanguardia, cuyas raíces se asentaron en las nuevas corrientes de pensamiento como el Socialismo, representado en la Revolución Cubana; a esto se sumó un deseo latente de dejar de ser un país subdesarrollado. Todo este sentimiento se expresó en un conjunto de obras que rompían con la percepción de estética de los artistas ecuatorianos, los bellos paisajes y los retratos fueron reemplazados por figuras amorfas y dibujos irónicos que buscaron representar una sociedad putrefacta, en donde el eje central del arte era exteriorizar la repulsión hacia la realidad. 

En este contexto entró en escena el grupo conocido como Los Cuatro Mosqueteros, compuesto por Nelson Román,  José Unda, Washington Iza y Ramiro Jácome. Sus obras se caracterizaron por presentar nuevas tendencias en lo que respecta a la representación del ser humano, donde los cuerpos sin rostros, sin órganos, compuestos solamente por huesos, eran el conjunto visual que expresó una existencia vacía, sin propósito y llena de angustia. La finalidad de su arte era imponer una cultura de la resistencia basada en la intelectualidad como una forma de oposición a la violencia de la sociedad. 

Para que toda esta carga representativa calara en la comunidad de la época, en 1970, los artistas recopilaron sus obras más representativas en una anti bienal, llamada “La Ruptura del Yo Individualista” que fue realizada en contra del "Salón de Julio" en Guayaquil. En esta exposición los asistentes pudieron darse cuenta de que el arte como estaba concebido había cambiado, en el sentido de que ya no se representaba lo bello, sino lo “feo” que muchas veces permanecía oculto o no quería ser expuesto. Mediante lo anti estético se logró expresar el rechazo hacia la sociedad inequitativa, injusta y autoritaria. Si bien el trasfondo de la obra fue claro, el contenido no llegó a ser comprendido por la gente que no estaba familiarizada completamente con el mundo de lo pictórico. 

En este punto, es importante mencionar que Mario Vargas Llosa es acertado al señalar que el arte debe tener un fin y trasmitir algo. En este caso un sentimiento de denuncia o inconformidad social. El mensaje debe tener la facultad de transmitir lo que el artista quiere expresar mediante los símbolos que coloca en su obra. Estos deben tener la capacidad de llegar a cualquier tipo de público; lo que significa que no se debe hacer “arte por arte”, pues esto nos conduce a masificar las ideas, un mecanismo que le quita el aura a la producción artística, degenerando al arte.